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sábado, 14 de abril de 2012

PANDORA Y EL HOLANDÉS ERRANTE

Dice el tópico que hablar de una buena fotografía al salir del cine es sinónimo de confesar que uno se ha aburrido. Uno no puede más que protestar enérgicamente. Y no es que entienda de lentes, objetivos, diafragmas o grandes angulares, pero creo que caer rendido ante la belleza de las imágenes de "Pandora y el holandés errante", una de las películas estéticamente más bonitas que he visto nunca, no tiene nada que ver con el aburrimiento.

No se trata de que la excelente película de Albert Lewin sea sólo una concatenación de imágenes bonitas sin orden ni concierto, o que haya que considerar al mítico Jack Cardiff, su director de fotografía, como el verdadero autor de la película. Se trata de que la belleza sublime de las imágenes es la que narra la película.

Probablemente esta historia sobre amor y muerte más allá del espacio y del tiempo no funcionaría con sus rimbombantes frases, sus concesiones gratuitas de guión, sus topicazos y su exotismo de baratillo, por no hablar de la impresionante interpretación de Mario Cabré. Es su color, su luz sobre los rostros y sobre el paisaje de Tossa de Mar, convertido en un lugar misterioso y fascinante. Es su hermosa composición de los planos y sus movimientos de cámara. El color y la luz cuentan la historia, sí. 

Y le hago la concesión a la mitomanía viejales que detesto bastante al afirmar que nunca Ava Gardner me había parecido más bella.