(25-1-26): Tarde de gloria en el Liceu. Largamente acariciada además. Casi un año pensando en el 25 de enero, temiendo esa última semana del mes en la que cogí en su día el covid y recordaba temblando que tiendo a ponerme malo. Como estuve algo fastidiado diez días antes el peligro había pasado, claro, ahora qué iba a pasar, ¿va a caerse la red ferroviaría entera acaso?, no fotem. Pues sí, a punto ha estado de peligrar el momentazo pero la diligencia de las empresas de autobús salvaron el domingo de una forma que no pueden ni imaginar.
"Tristan und Isolde" fue escrita entre 1857 y 1859 y estrenada en 1865. Ya no tiene ese deje romántico no tan wagneriano y tan confuso de "Lohengrin", llevaba "Siegfried" a la mitad e interrumpió el trabajo para componer esta obra, una de las que más ríos de tinta han hecho correr en arte moderno.
Habrán leído millones de cosas sobre ella, "Isolda soy yo", la famosa frase atribuida a Mathilde Wesendonck, la amante de Wagner, esposa de un mecenas, rey Marke de la función.
Hemos visto una escenografía muy despojada de Urs Schönebaum, que juega muy bien con el resplandor de las luces que entran por la ventana, con la fuerza de un espacio densudo y da una estupenda noche estrellada en el acto II. Dirige Bárbara Lluch, que es nieta de Núria Espert.
Como los pobres vamos a la ópera en domingo no hemos visto a Lise Davidsen, la aclamadísima soprano wagneriana noruega que ha hecho nuevamente historia en el Liceu como hace un año la hacía la Nadine Sierra de La traviata. Elena Pankratova enfundada de un rojo explosivo ha sido nuestra Isolde. En marzo nueva oportunidad para ver a la aclamada Davidsen aunque sea via satélite desde Nueva York en las mejores pantallas.
Qué más decir, lo más catalán que uno tiene en su personalidad es ese "wagnerismo" desaforado. La felicidad viendo y escuchando esta obra fue extrema, además amenizada por los interesantísimos y absolutamente fascinantes comentarios del libro de Baremboim y Chereau que les puse el otro día aquí que aún no he terminado de leer porque ando saturadísimo de trabajo.
Felicidad extrema mezclada con una inoportuna preocupación sobre cómo volver a casa y qué combinaciones de taxis o buses nocturnos tomar porque la duración se fue disparatando a lo largo de toda la tarde y ya no llegaba al último bus, no sé si porque el bajo-barítno Tomasz Konieczny, que interpreta a Kurwenal, tenía una afección vocal que se fue agravando durante la tarde, hasta pedir megafonía disculpas oficialmente antes de empezar el tercer acto.
Pero finalmente la muerte de amor fue total y absoluta porque provindecialmente la empresa puso uno más de refuerzo dada la crisis del tren y al filo de la medianoche, cual cenicienta volviendo del baile, estaba en casa.
Casi una ópera de cámara. Ese primer acto en que Isolda pone sus ojos en él, la maravillosa noche estrellada del acto II, y el acto final que es para Tristan, Bryan Register ayer, pero lo corona ella con el inconsmensurable Liebestod.
Durante casi un año esto ha sabido a jugar una final deportiva y ayer al salir de nuevo a la calle sabía a título mundial.
Va a seguir la resaca, acabaré el libro y creo que en hay que acercarse a ver lo que hacen en Nueva York allá por el mes de marzo. Y volver una y otra vez sobra esta obra maestra de la vida dirigida desde el podio por la finesa Susanna Mälkki que me parecía que hacía más silencios de la cuenta, y claro, así se alargó a cinco horas...



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