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Hoy nos movemos al 9 de septiembre de 1994, cuando en Canal 33 vi "Los mejores años de nuestra vida" (William Wyler, 1946). Ochenta años cumple esta película. No la he vuelto a ver en todo este tiempo y me han gustado algunas cosas muchísimo.
-Ver que la chica que le da réplica al famoso Harold Russell, el ex-soldado sin brazos, es nada más y nada menos que Cathy O'Donnell, que al año siguiente va a hacer Historia iluminando el debut de un chaval llamado Nicholas Ray y una película llamada "Los amantes de la noche", seria candidata a mejor opera prima del mundo. Aquí no le va a la zaga.
-El espíritu hermanado con Capra, del que Wyler fue socio, en lo que respecta al tratamiento del tema de los préstamos y la confianza en el hombre medio, de cómo el capital no debería ser un fin en si mismo sino que debería estar al servicio de las personas. Es del año de "Qué bello es vivir" y el segmento de Frederic March aborda la la misma cuestión.
-La asombrosa fluidez de una película que ronda las tres horas a duras penas sin ningún alarde de estilo, ni si quiera fotografiada por Gregg Toland.
-La credibilidad de los personajes y su descarnamiento. Que se cite Hiroshima sin complacencia, que se hable de prostitución (o se sugiera), de educación sexual aprendida en un hospital (a saber), de la latencia del fascismo o de las luces y muchas sombras de un matrimonio aparentemente feliz. Es un guion el de Robert E.Sherwood, un señor de dos metros habitual comensal del círculo parkeriano del Algonquin, de una resplandeciente franqueza que creo que toma bastante la delantera del cine que ha de venir en los 50 (basado en una novela corta de Mackinlay Kantor, sobre la que supongo desarrollará muchas cosas que no estaban así).
Y a esa credibilidad contribuyen los rostros de gente como Dana Andrews, Frederic March (que ya tiene otra presencia distinta a la que le hizo famoso en los 30), Teresa Wright, Myrna Loy o Virginia Mayo.
-No es un nuevo cine, porque Wyler no va de eso, pero sí que es una película que mira sobre un nuevo mundo, sobre una nueva sociedad, a unas nuevas calles, edificios, personas, que nos pone en esa mirada de los que vuelven a algo que no reconocen. Esa tienda comprada por una gran cadena...
-Y me gusta mucho que sea una película emocionante a secas, no solo por la historia de Russell, que podría ser muy rastrera y no lo es, se entienden muy bien las emociones que pone en juego, es emocionante en la relación que hay entre March/Loy que prosiguen su historia o entre Andrews/Wright que inician a trompicones una nueva.
Quizás la música de Hugo Friedhofer se haga algo omnipresente a veces o quizás pueda esperarse de Wyler algún destello de narrador visual pero ahí su proceder es claro. No hay más recurso que la càmara mirando de frente a unos rostros sin filtros de estilo y la verdad que cada uno de nosotros quiera extraer de ellos.

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