jueves, 25 de febrero de 2016

MACBETH

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A lo largo de una gran cantidad de clásicos de la literatura se menciona directa o indirectamente El Quijote. Es una novela fundacional que ha fascinado de distintas maneras a escritores de toda índole y nacionalidad. Ya sea un Dickens que escribe su primera novela “Pickwick” sobre sus cimientos, ya sea un Dostoievski que lo lleva grabado a fuego en “El idiota” y con él la cultura rusa, ya sea un Flaubert cuyas láminas se deslizan por “La educación sentimental”.
En cambio no parece haber sido ese termómetro de las pasiones del pueblo llamado cine quien más devoción haya sentido por el Quijote, inclinándose el arte de nuestros desvelos por la figura de William Shakespeare.
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La obra de William Shakespeare, una de las más recomendables para iniciarse indistintamente en la fascinación por la lectura o por las artes dramáticas, ha enamorado al cine desde el principio y a lo largo de toda se historia. Los resultados pueden ser enormemente dispares y es ocioso e innecesario que nos detengamos en ello. Pero no sólo Shakespeare ha tenido adaptaciones en todo tiempo y en toda latitud, no sólo ha sido ambientado de toda manera y estado al servicio de todo tipo de rasgos de estilo, lo peor es que nunca nos cansamos de ello.
Sería comprensible pensar ¿otra vez Macbeth?, ¿para qué?. Pero allá estaba la sala del Auditori de Sitges llena. Todos queríamos ver otra vez Macbeth, todos queremos ver Macbeth de cuantas maneras pueda o quiera hacerse. No nos vamos a cansar nunca. Y lo mismo es extensible para el resto de la producción de Shakespeare.
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“Macbeth”, del realizador australiano Justin Kurzel, no se inicia con el tradicional conciliábulo de brujas sino con el entierro del hijo pequeño del celebérrimo matrimonio. A pesar de eso no es una versión libérrima sino que junto al texto el director intenta apuntar visualmente información sobre las motivaciones y condicionantes de lo que está sucediendo o va a suceder.
Comenzamos viendo unas estilizadas batallas, para mi gusto ruidosas y con un uso algo ridículo y de estirpe publicitaria de la cámara lenta, aunque no es baladí la apreciación de quien me apuntó que se trata de una legítima búsqueda de nuevos conceptos para visualizar el campo de las trilladas batallas.
En general la realización de Kurzel tiende a parecerme excesivamente ruidosa y enfática. Tendente a lo visual para interpretar un texto archiconocido, dando protagonismo a unos paisajes fríos, tétricos, que culminan con un rojizo y violento final, y unas fisonomías profundamente escocesas y a unas brujas más espectrales y menos inquietantes que de costumbre. Como si fueran las esposas de “Mad Max:furia en la carretera”.
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Además usa la música de su hermano Jed Kurzel de manera un tanto excesiva o cansada.
Pero qué sucede, que la opción no me gusta demasiado pero es otra opción, sobre lo arbitrario de mi gusto lo que acaba venciendo es el apasionamiento de la búsqueda.
Kurzel ha de plantearse la misma pregunta que todos. ¿Por qué querríam ver Macbeth otra vez?. Para verla como yo quiero que la vean. Su convencimiento gana sobre el gusto, y su convencimiento es tan grande que recibe dos aliados fundamentales.
Cuando haces Shakespeare sabes que siempre vas tener el texto, Macbeth es una obra maestra incombustible de la historia de la literatura que siempre está allí para ti. Un caramelo, un regalazo, una estructura de acero inoxidable que tú sólo tienes que vestir a tu gusto. Es cierto, la queríamos ver otra vez.
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Por otro lado Kurzel tiene el regalo de sus actores. Michael Fassbender como Macbeth y Marion Cotillard como Lady. Fassbender exhibe, as usual, corporales condiciones físicas a la par que un talento fenomenal para hacerse con el personaje. Marion Cotillard que es una señora nacida en París recita el verso como si llevara en el Globe toda su vida. Están hechos para esto, merecerían un poema, le hacen media película a Kurzel.
Debates al margen, prefieran ustedes muy legítimamente el doblaje o la versión original, no vayan a ver esta película doblada. No tiene sentido. No hay película. La película es esencialmente ellos dos y la vigorosa y placentera cadencia de sus voces al servicio de un verso imperecedero.

2 comentarios:

  1. A mí me pareció que se le quedaba un poco mamotreto esa búsqueda. También es verdad que andaba cansado el día que la vi, pero por ejemplo ese crepúsculo en rojo ya me parecía más potente en otras obras (tampoco modestas precisamente en su formato) como Ran o Excalibur.

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  2. No hay comparación posible con "Ran", como mínimo, que es una reelaboración genial de Shakespeare como "Trono de sangre" y no se mueve en estos terrenos de literalidad absoluta. También dudaría de dónde situarla respecto a la de Polanski que me cansa más y se me hace larga pero visualmente me parece más sugestiva.

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