El ruido de sables que acompaña desde que tengo uso de razón a los estrenos de los creadores del cine más popular (Tarantino, Almodóvar, Spielberg, Shyamalan, ¿me dejo a alguien?), dificulta en cierto modo decir algo de la película, de lo que se ha visto, sin articular de alguna manera también una defensa velada o abierta ante los muy legítimos ataques que se les lanza, a veces desde perspectivas críticas interesantes o fascinantes, a veces tan solo desde el también muy legítimo ombligo, a veces desde juicios que parecen considerar tan solo la solidez del argumento, de la historia que se narra, como si de los planos o de las secuencias no se infiriese nada y pudiese bastar un resumen de la historia que se cuenta para determinar la valía o el interés de la película.
En el caso que nos ocupa además "El País" publicó un divertidísimo artículo de alguien que evidentemente no ha visto la película en el que no acertaba en nada, ni si quiera cuando lamentaba que no se citase el amor de Sharon Tate por la lectura, cuando sí se hace.
Con los raseros con los que se mide "Once upon a time in Hollywood", Hitchcock no sobreviviría hoy en día y directamente "Vertigo", que cuenta una verdadera estupidez si la tomas como una sinopsis, la película madre de los últimos sesenta años del cine USA ("Centauros del desierto" es el padre), hoy sería directamente masacrada, de hecho lo suelen ser casi todas sus hijas. Pero Hitchcock ha tenido sesenta años de reivindicación por tierra, mar y aire, cuando en su momentos se le odió y cuando en su momento Vertigo no fue ni significó absolutamente nada. Y a Hitchcock no se le pide un posicionamiento subrayado de artículo de dominical ante la realidad y la violencia como sí se le pide a Quentin Tarantino. Y justamente "Vertigo" me parece clave para enteder este cine de invocación de los fantasmas y resurrección de los muertos, este cine que han venido practicando todos los llamados postmodernos De Palma sobre todo, Almodóvar, Lynch, Tarantino, que tan poco y tan mal conjuntan sus argumentos en películas sin ninguna solidez en sus dispersos guiones.
"Once upon a time in Hollywood", que viene tras dos westerns que personalmente he de decir que no acierto a comprender y que ya revalorizaré (o no), es en efecto una película con un argumento en principio muy poco conjuntado, con poca continuidad, basado en la brillantez de piezas que funcionan de forma aislada y casi autónoma. No puede ser tomado ni por un minuto como un documento sobre el fin de los 60, ya que los recrea desde la mirada de un emotivo, de alguien que los invoca, que quiere hacerlos volver pero para revivirlos gracias a la posibilidad de hacer una película tal como él los vivía o hubiese querido que fuesen.
Así la película juega con dos planos, el de los segundones o perdedores, que gozan de todas las simpatías del director (extraordinarios Leonardo Di Caprio y Brad Pitt) y el de las estrellas del momento (sobre todo la Sharon Tate revivida en la vitalidad y la belleza del cuerpo de Margot Robbie, una interpretación lógicamente carente por completo de profundidad psicológica porque no es eso lo que se intenta filmar sino al espectro que fue, al fetiche, al símbolo de una época, y el director lo hace admirablemente).
Esos dos planos se interrelacionan de forma fantástica a lo largo de tres horas que pasan en un suspiro a través de las citadas piezas, donde abunda el juego de la recreación de lugares, de momentos, de músicas, de cuerpos, de películas, de series de tv, de personajes. Recreaciones hechas con un virtuosismo en el montaje y en la pasión con que está filmado que a mi me han inundado de verdadera alegría de vivir.
Todo responde a la recreación de una mirada (¿les suena?), todos los cineastas han sido James Stewart en Vertigo, y cada momento de la película responde a esa mirada, con esa formidable tensión que tienen casi siempre las secuencias en Tarantino, muy dialogadas, muy pausadas, muy elaboradas, nunca precipitadas o chapuceras, ya hablemos de Bruce Lee a la hora de hacer comedia, la fiesta en la mansión Playboy, el amanecer con los rayos de sol sobre el cuerpo de la actriz (hablar con planos), la secuencia en el cine, o esa soberbia pieza en el rancho (probablemente una de las grandes piezas de terror contemporáneo). O el momento en la librería, que todos sabemos lo que significa y lo que significará y que solo está ahí para apuntalar el discurso sobre las relaciones entre la realidad y la ficción, entre lo que sucedió y cómo se recuerda, entre lo que significa y lo que podría haber significado.
Que los minutos finales de desatadísima violencia molesten lo puedo entender. Pero son mentira. Si se busca distancia la distancia la ofrece el propio desenlace, que efectivamente solo tiene sentido en relación con el resto de la película. Estamos ante una ficción, una película, el arte de los fantasmas, entendido como pocos por este extraordinario cineasta que solo se ha equivocado a mi juicio en filmar ya este bellísimo y emocionante testamento cinematográfico, en mi opinión una de las obras más arrebatadoras del siglo XXI.
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domingo, 18 de agosto de 2019
miércoles, 31 de agosto de 2016
LA TERCERA DESERCIÓN Y LA BLANCA PUREZA
En el dormido final de agosto, cuando esta entrada (de menos entidad) dispone de sólo dos horas y media en primera plana, acabamos el cine de la edición de verano con una brizna de pesimismo hacia films estrenados este año en España.
Poco habitual es que no termine de ver películas, y aún menos que no terminándolas tenga algo que decir sobre ellas. En este blog sólo sucedió con el largo "Misterios de Lisboa", redimido después con la serie de televisión y que tendrá en unos meses su redención definitiva volviendo a ver el largo, y con "Winter sleep", me temo que imposible de redimir y cada deserción ha tenido su propia historia. Quiero dejar constancia de un par de apreciaciones, o mejor dicho, depreciaciones que constituyan por sí mismas la historia de esta tercera deserción en "El amor después del mediodía". Seguimos con el cine, ahora cada lunes. Éstas ya todas terminadas de ver y con palpitaciones propias y consistentes.
LOS ODIOSOS OCHO: Hace tres años escribí sobre "Django" "La película más larga de Quentin Tarantino considerando a los Kill Bill como obras independientes. Un hilo argumental escasísimo e insuficiente para 165 minutos que me aboca a dos posibles tesis. A) Tarantino está metido en un callejón sin salida con los géneros setenteros a punto de acabarse. B) El fallecimiento de su montadora habitual, Sally Menke, le ha ocasionado problemas de entendimiento y de ritmo con el nuevo montador Fred Raskin. La película me pareció inusualmente lenta y con total falta de acoplamiento entre la cadencia de los diálogos y el montaje de las imágenes, que solía ser prodigioso.". Ni una coma cambiaría de aquel texto aplicándolo a "Los odiosos ocho", sólo que se va haciendo más profunda la incapacidad de Tarantino, al que tanto adoré, para filmar una sola idea o una sola emoción que merezca la pena, y no estoy hablando de profundidad. Como dije en otro texto debería dejar de plantearse qué género va a filmar y empezar a pensar en qué idea o qué emoción va a filmar. No me planteo repetir el inacabable suplicio que supuso Django y deserto.
EL HIJO DE SAÚL:Si filmas una ducha en la cámara de gas como Haneke, o como los Dardenne, eres la caña, si la filmas con violines de John Williams eres inmoral. Hasta el moño de dogmas audiovisuales que para mí carecen de sentido. Nada que objetarle a la película sólo que no me interesa la opción, tan sensacionalista si de representación, de manera de representar hablamos, como la de Spielberg o la de Benigni (hay muchos tipos de espectáculo y hay espectáculo con barniz intelectual que tiene clarísimo su target, sí, ya sé que duele ser un target), y deserto a favor de actividades más edificantes.
La blanca pureza y la Verdad
Tanto Bresson como el cine fantástico con efectos de Harryhausen representan distintas formas de artificio (sí, el absolutamente genial Bresson es puro artificio desde su ridícula o risible reivindicación de la ausencia del mismo), ninguno está más cerca que el otro de la Verdad. Porque la Verdad, la Realidad, o lo que leches sea eso tan inasible e idealizado, en cine es irrepresentable. Por eso tomo esta película como excusa para hacer la reflexión tras ver esa molesta ducha inicial. Mi crítica es más hacia esos dogmas que hacia la película. Es una película por ver que seguramente tenga sus propios e irrefutables valores.
Y despido esta edición de verano del blog haciendo notar a cuenta de esto algo que detecto en redes sociales y foros diversos. Quienes se jactan de haber encontrado la pureza que "nos enfrenta con nosotros mismos" en Haneke o Lars Von Trier por contraposición a gustos de la plebe más deleznables no se da cuenta de que existe otra crítica aún más depurada que se cachondea de sus Haneke en nombre de otros directores aún más depurados si cabe. La búsqueda de la Pureza y de la Verdad en el cine es un delirio, una estupidez, una carrera sin fondo y sin final que sólo puede acabar coherentemente con una pantalla en blanco (o en negro).
Todas las imágenes esconden una Verdad, su propia verdad, nuestra propia Verdad. Este verano he encontrado más verdad en el pas a deux de Fred Astaire y Cyd Charisse en "La bella de Moscú" que en toda la carrera de Haneke. Hay más verdad en los colores y las arquitecturas de "La tumba india" que en toda "M" (que por supuesto me gusta también mucho y prefigura al nazismo y denuncia a la sociedad alemana y bla bla bla).
Eso que decía, dogmas descorazonadores, vacíos de contenido, ni de sentido ninguno. ¿El culpable?, las rimbombantes e insoportables citas de los grandes maestros del cine que pueblan las redes sociales, ases absolutos con la cámara pero personalidades vanas y engoladas soltando discursos vacíos que han hecho muchísimo daño a la educación de miradas que sólo saben ver placer en artificios teledirigidos hacia su target o en películas (de eso hablaremos otro día, quizás el verano que viene o quizás ni hace falta hablar) hechas única y exclusivamente para críticos de cine, no porque sólo ellos pueden entenderlas sino porque tratan asuntos que sólo a ellos les conciernen.
Sucede lo mismo con otro dogma de moneda corriente.
El cine como Arte y el cine como entretenimiento.
La dicotomía es falsa, no existe. A Arte no se le opone entrenimiento se le opone mediocridad. A entretenimiento no se le opone Arte se le opone aburrimiento. A mi todo Arte me entretiene, Bergman me entretiene, Bresson me entretiene, Proust me entretiene, Wagner me entretiene, el Arte me entretiene aunque sea cansándome y desafiándome a buscar desde mi cansancio, desde mi aburrimiento productivo (que es lo máximo que estoy dispuesto a aceptar en cuanto a aburrimiento) y todo entretenimiento me parece que conlleva el Arte de saber entretener.
No sólo una ingente cantidad de cine no puede clasificarse de ninguna de las dos maneras o se puede clasificar en las dos (con lo que la dicotomía ya es inservible de entrada), sino que una enorme cantidad de cine rodado como Arte no lo es y una cantidad de cine rodado como entretenimiento sí es Arte. Es una dicotomía que no sirve para nada, que sólo alimenta la pereza y la más absoluta miopía crítica. Sobrestimando productos con barniz de Arte muy mediocres y subestimando productos con barniz de entretenimiento llenos de Arte.
Buenos presupuestos para comenzar la séptima temporada del blog, ¿no creen?
lunes, 29 de agosto de 2016
KILL BILL, vol. 1
7 de marzo de 2004
Aún recuerdo como hace unos siete años, algún
candoroso y eminente cinéfilo me expresó su
satisfacción por "Jackie Brown", un Tarantino de carne
y hueso, opuesto al estilo más característico del
aborrecido Satán de Texas, que a mí me suele gustar
mucho.
La verdad es que entonces, yo, encantado de la vida
con "Pulp Fiction", intentando defender la película
PalmDorada ante sus legiones de detractores, me quedé
algo frío con esa buena película, que no respondía, al
menos no en todo su esplendor, al Tarantino desatado y
ambicioso que yo esperaba.
También pienso que este hombre se dejó en "Pulp
Fiction" casi todo el máximo potencial efectivo del
que le creo capaz. El potencial abstracto lo conserva
intacto:tener sus ideas claras, no esperar
unanimidades en vano, enfrentar de manera furibunda a
la comunidad cinéfila (no hay más que ver la
tronchante e hiriente presentación que hizo el Gasset
el otro día,luego contestado por su amedrentado
redactor),resucitar un debate sobre la violencia en el
cine que creo que en sus películas es absurdo por lo
tebeístico de la misma, y lo más apreciable sin
duda:plantear cada una de sus escasas obras como
personalísimos y entusiastas juegos, que le divierten
a él antes que a nadie, eso siempre cunde al final y
al fin y al cabo ése ha sido siempre el carácter de
los más reverenciados auteurs.
Claro que en Tarantino lo personal no responde a una
determinada manera de ver el mundo, sino de ver las
películas (y no es difícil imaginar qué gusto tiene el
hombre, de hecho lo sabemos), pero precisamente por
eso, como bien se apuntaba en Fotogramas de este mes,
y más claro lo veo ahora que tengo muy reciente "Al
final de la escapada", Quentin no está tan lejos de
los planteamientos fílmicos de Godard, aunque a ambos
los separe un abismo en sus respectivas formaciones
culturales.
Es esa manera en que las propias influencias
determinan las películas realizadas lo que hace que la
distancia entre Tarantino y sus detractores puede ser
ya definitivamente insalvable. Uno puede ser un
orfebre con el material de deshecho, con la basura
para entendernos (siempre bajo el punto de vista de
los cinéfilos más convencionales), y el magistral
ejercicio de la orfebrería no conseguir salvar la
inconveniencia de un material equivocado o indeseable.
"Kill Bill, vol 1" agudizará el debate entorno a
Tarantino, si es que tres cuartas partes de sus
detractores no desisten del empeño definitivamente,
porque todo en esta película se radicaliza para mal de
esos detractores. Ya (casi) no hay diálogos elaborados
con esa coña tan chispeantemente macarra (aquí los
diálogos son terriblemente infantiles), ni hay guiños
verbales a la cultura de estos tiempos, ni si quiera
se sustenta la película en un formato de cine
gangsteril, mucho más asimilable para los aficcionados
más intelectuales, exigentes y críticos con la
vacuidad tarantínica...¡No!...,la peli es una de
karatecas, con formas de spaghetti-western, pasado por
el manga y mil cosas más que mi limitado conocimiento
impide descifrar...y además, y esto es lo más
reseñable para desrecomendar fulminantemente a según
qué paladares:la película es de una vacuidad de fondo
completa, por mucho que sus más acérrimos defensores
se empeñen en agarrarse al clavo ardiendo de la
venganza y lo profundísimo de dicho sentimiento, y
hasta citen a Cocteau!!!!...(cosa que haría partirse
al director seguramente)...
Si alguien piensa apostar por "Kill Bill, vol 1", no
es que tenga que dejarse el cerebro en casa, pero sí
ha de asumir que la película es estilo, estilo y
estilo, y nada más que estilo,...formas, formas y
formas...
Ni si quiera existe una columna vertebral, una linea
coherente entre sus escenas, hay todo un catálogo
caprichoso de formas, recursos, colores, sabores y
texturas...siempre sin salirnos de esos referentes de
cloaca (los prejuicios a veces no se pueden evitar) en
los que Quentin se mueve...Incluso alguien podría
pensar que algo es imaginativo, pero desengáñense,
seguro que lo ha sacado de alguna película...
Eso hace que sea muy difícil entrar en la película y
es su principal limitación sin duda. También es cierto
que la película va cogiendo aire y fuerza a medida que
avanza el metraje, y alcanza su cénit en su fabuloso
climax final de Tokyo, tan hiperbólico que uno empieza
a entender el juego de veras, porque al principio se
puede llegar a pensar fugazmente aquello de "Dios,
dónde me he metido". Está claro que el crescendo
también viene determinado por la estrategia comercial
de hay que intentar vender similar número de entradas
de cara a la segunda parte, algo que parece un timo de
la estampita, pero que dado el carácter de la
propuesta le viene mucho mejor la estructura de serial
de serie Z que chuparse tres horas y pico del tirón de
ésto (entonces sí que me da algo), y el que quiera que
pique, y el que no, no, claro...
Y no hay más cera que la que arde, en serio, ni muchas
vueltas que darle, sólo litros de sangre, katanazos a
mansalva, folletín de serie Z, una estupendísima Uma
Thurman, y el habitual entusiasmo palpable, amor por
la imagen, por sus posibilidades prácticas, y unas
conmovedoras y ejemplares ganas de hacer cine y gustar
al público que corresponda, en una película que me
costaría mucho decir que es estupenda por lo lejos que
estoy de sus nulísimos planteamientos argumentales y
porque sus señas de indetidad visuales no son
sentimentalmente las mías, aunque ello no quiera decir
que no tenga esas señas,y muy sólidas, por cierto:pero
es una peli en la que admiro muchas cosas, sobre todo
esa seductora convicción con la que está hecha, y eso
no es algo que de momento vea cada día en este 2004,
de momento no todo lo estimulante en lo
cinematográfico que cabría desear.
Siempre habrá alguien que diga simple y llanamente que
es una gilipollez indefendible, algo que los fans más
incondicionales deberían considerar lo más normal del
mundo, algo que a Tarantino le trae sin cuidado, y
algo que a mi me preocuparía que no pasara, pues no es
"Kill Bill, vol 1" el tipo de cultura que más necesita
ser defendida en este mercado tan depredador con las
propuestas más profundas y arriesgadas.
jueves, 1 de agosto de 2013
PULP FICTION
El 13 de enero de 1995 se estrenó en España la que venía como flamante, polémica y popular Palma de Oro del pasado Festival de Cannes, "Pulp Fiction", la segunda película del joven realizador Quentin Tarantino.
Eran las 16:30 en el Oscar 1 de Tarragona, una tarde fría en pleno COU (el mejor curso de mi vida) y en plena efervescencia cinematográfica, la película me entusiasmó entonces.
Hay que recordar que en aquel momento habían dos bandos, aquellos para los que Tarantino representaba el inicio de la historia del cine, y lo defendían de forma integrista, y aquellos para los que representaba todos los males.
No me sentí identificado realmente con ninguno de los dos, para mi representaba algo difícil de explicar, en una época en la que todavía oía hablar de buen cine cuando se trataba de temas importantes o profundos. Ya tenía entonces la intuición de que el cine debería tener su propio valor, independiente de la palabra, de la idea, que podía tener belleza en su propia cinética, en su propia estética.
A la salida compré una historia del cine asequible a mis bolsillos, la de Jeanne y Ford, aunque nunca he encontrado en ella lo que realmente buscaba. La ansias de aprender y empaparme de la especificidad que podía tener el cine sobre otras consideraciones sociales, psicológicas...
Debatí también con algunas personas que la consideraban una experiencia completamente vacía y casi veinte años después algo de razón creo que tienen o tenían .
"Pulp fiction" no creo que se conserve a día de hoy como una de las mejores películas de Tarantino. Contiene toda su esencia y una secuencia absolutamente magistral (toda la cita entre John Travolta y Uma Thurman), me sigue pareciendo una película muy estimable, aunque es algo víctima de lo excesivamente grotescas y artificiosas que son sus situaciones.
Tiempo después se estrenó "Jackie Brown" entre aplausos de los contrarios a Tarantino, que se alegraban de que hablase de personas reales. Yo creía y sigo sin creer que esa fuera la clave exactamente.
Quizás a "Pulp fiction" le falte menos dependencia del efecto sorpresa, más entrega precisamente a eso que me entusiasmó la primera vez: su propia cinética, el vestuario, la peluquería y el movimiento de los actores, el timing de los diálogos , lento e irónico, que si bien no necesariamente deberían referirse a experiencias emocionales profundas y humanas, tampoco deberían oscilar hacia la sensación de estar viendo a unos absolutos e incomprensibles extraterrestres como sucede en esta película en ausencia de personajes femeninos, cuando el metraje ha avanzado lo suficiente hasta comenzar a perder la gracia del planteamiento primero...cuando vas a hacer un "trabajito" de algo habrá que hablar antes...
Tarantino ha ido haciendo mejores películas, el díptico "Kill Bill" profundiza, perfila y mejora mucho la línea de "Pulp fiction" con una enorme inspiración (lo volví a ver hace un año y aguanta mejor la revisión) y si ahora al final se ha equivocado con su western es porque se hace la pregunta equivocada, Tarantino debería dejar de preguntarse qué género voy a hacer ahora, sino qué nuevas emociones voy a filmar y cómo voy a conseguirlas.
"Pulp fiction" sigue siendo un placer que supuso para mí un anclaje en el presente, cuando no había otros referentes a los que mirar desde provincias y sin internet, pero satisface comprobar que Tarantino ha evolucionado desde ahí y ojalá lo siga haciendo cuando ya no es el realizador novel en el que mirar el futuro del cine desde los 17 años.
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