jueves, 23 de junio de 2016

FRENESÍ

Delicioso anti-clasicismo

La historia líneal del cine nos cuenta que las formas se habían resquebrajado en Francia. Que Godard se saltaba el eje y que Belmondo dinamitaba todo el orden. Quizás admitían que el Kane de Welles daba dimensiones a la escena mucho antes que James Cameron, pero pocos se tomaron en serio a uno de los más resplandecientes modernos que existieron, quizás por esa insistencia marmórea con la “importancia” de los temas que tenían muchos modernos y a la que nuestro hombre jamás otorgó ninguna importancia: Alfred Hitchcock.
De hecho no era el único que estaba resquebrajando las formas clásicas en Hollywood, por influencia de Europa o a la par que en Europa, alternativamente o al mismo tiempo, esos procesos no son fácilmente mesurables o identificables, pero sus aportaciones permanecen hoy en día como una de las grandes muestras de ruptura.
No vamos a hablar aquí de “Psicosis” ni de “Los pájaros”, que lo merecerían sobradamente, sino de uno de sus títulos si bien conocidos no poseedor de ese creciente prestigio y admiración que poseen las películas del motel Bates y de las dulces y pacíficas avecillas.
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Para hablar de “Frenesí” hay que entender sus rupturas no con los cánones de la provocación intelectual y del “hacer pensar” tan en boga ahora mismo, desde hace la tira y me temo que por los siglos de los siglos, si no dentro de las preocupaciones de Hitchcock, entre las que era prioritario hacer reaccionar al gran público.
“Ernie, ¿te das cuenta de lo que estamos haciendo en esta película?. El público es como un órgano gigantesco que tú y yo estamos tocando. En un momento determinado tocamos esta nota y obtenemos esta reacción, y luego interpretamos ese acorde y ellos reaccionan de esa forma. Y llegará el día en que ni si quiera tengamos que hacer ninguna película…todo el mundo llevará electrodos implantados en sus cerebros, y nosotros simplemente pulsaremos distintos botones y ellos dirán “ooooh” y “aaaah”, y los asustaremos, y les haremos reir. ¿No será maravilloso?”.[1]
Así hablaba Hitchcock al guionista Ernest Lehman en un restaurante de Nueva York tras tomarse unos martinis sobre “Con la muerte en los talones” en la que trabajaban por entonces. Esas palabras dan pistas sobre su cine (recuerden que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad) y en parte también sobre su autoría de sus películas.
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Hitchcock buscaba siempre guionistas de prestigio y tras el fracaso de “Topaz”, que año tras año va revelándose también como una gran joya olvidada, contactó con Anthony Shaffer, que tenía en Boradway una exitosa obra llamada “La huella”, que curiosamente el cine iba a hacer célebre también seis meses después del estreno de “Frenesí”, en la famosa película de Mankiewicz con Michael Caine y Lawrence Olivier.
El encargo de Hitchcok era adaptar la novela de Arthur La Bern “Goodbye Piccadilly, Farewell Leicester Square”, publicada en 1966, en lo que iba a significar el regreso de Hitchcock a los escenarios londinenses de su infancia y de su primer cine. La Bern acabó muy descontento de la adaptación [2], un hecho muy significativo ya que Hitchcock y sus guionistas jamás fueron aplicados y respetuosos ilustradores de novelas.
Es muy hermoso haber vuelto a ver “Frenesí” casi al mismo tiempo que uno de sus títulos mudos más famosos “El enemigo de las rubias”, donde se respira el mismo ambiente londinense de psicópatas asesinos, apariencias y dudas que no son tal, pero con más de cuarenta años de diferencia y un cine que ha atravesado la transición al sonoro, al color, que ha conocido el formato panorámico e innumerables revoluciones y cambios.
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Algo debía haber porque cuando Truffaut le preguntaba durante la presentación en Cannes de “Frenesí”, donde el film fue muy aplaudido, por posibles remakes de sus viejos films aparecía el título citado en su respuesta [3].
¿Maduró Hitchcock?. Sí, no si se entiende la maduración como un pulido de defectos que no lo son. Creció siendo fundamentalmente el mismo.
Todos los “peros” que se les suele poner a esta obra proceden en el fondo de esa adquisición de libertad con la que Hitchcock ya llevaba soñando tantos años, con la que fantaseaba, con esa manera de desligarse tan propia de las estrictas reglas académicas del relato, de filmar trozos de pastel y no trozos de vida.
Todo en “Frenesí” es previsible, como lo era en “El enemigo de las rubias”, es imposible que sorprenda, pero es que nunca pretendió sorprender, el suspense primaba. Sabemos paso por paso lo que va a pasar y a dónde va a llegar la película pero queremos saber cómo pasa y cómo va a llegar hasta allí. La identidad del culpable se nos revela rapidísimamente, pero no es lo que nos interesa.
Se dice que el protagonista es demasiado antipático. Es posible, pero Hitchcock es capaz de hacerle desaparecer de escena por espacios que en algún momento rondan la media hora de metraje. Si eso no es una deriva moderna del relato, que venga el propio Godard y lo vea...
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Desaparecido momentáneamente de escena el protagonista, Hitchcock es capaz de cambiar el punto de vista de la empatía y crear dentro de esa deriva otra pieza de suspense completamente independiente donde nuestra empatía recaiga en los apuros del verdadero psicópata.
Otra de las críticas recayó sobre el papel del investigador y su esposa. Hitchcock quiso huir de las escenas tópicas de deliberación en una comisaría e introdujo el sentido del humor. Hay momentos verdaderamente brillantes que rompen sin pudor el equilibrio del relato como el excelente gag de los clientes que salen de la agencia matrimonial y las perspectivas que se le avecinan a uno de los dos miembros de la pareja. Ahí, en esa nueva deriva del relato, introduciendo cuando quiere y de forma impúdica el humor, Hitchcock y su guionista jugaron maravillosamente con las habilidades culinarias de la mujer del inspector y sus dotes deductivas.
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Porque en el fondo ese humor nacía de las dotes de observación y reflexión de Hitchcock para las grandes pequeñeces de la condición humana y su manera de coaligarse con brillantes guionistas que lo ayudaran a plasmarlo.
“Frenesí” es una película que no resiste el más mínimo análisis clásico pero es un festín absoluto en su gozo por mostrar el Londres de Covent Garden, por yuxtaponer planos para mostrar una emoción primaria y a voluntad de sus responsables, sin atarse a ninguna lógica narrativa. Mientras la veía pensaba que no importaría que durara cuatro horas, que podría durar cuatro horas desviándose a donde quisiese, desmintiendo el tópico de “durar lo que se tiene que durar”.
Es una película inusualmente violenta como marcaban los tiempos, apolítica como marcaban sus fracasos comerciales en los dos títulos anteriores, y de una musculatura y una fortaleza cinematográfica que no parecían abandonarle nunca. Él tampoco nos ha abandonado, muchos nos seguimos sintiendo cobijados por un cine que atravesó todos los cines, que fue clásico y revolucionario, que nos lo enseñó todo sobre este arte, y que mudo, incipientemente sonoro, de plenitud o crepuscular nos lo sigue enseñando todo sobre el arte que más amamos.
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Referencias

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