lunes, 11 de febrero de 2019

EL GRAN DICTADOR

Una película extraordinariamente extraña, desconcertante, irregular y maravillosa. Críticas despiadadas al nazismo ya existían en el cine americano de 1940 ("Tormenta mortal") pero lo que hace Chaplin es una mezcla muy valiente entre una película de Charlot y un film político de un descarnamiento, una violencia y una crudeza que me hacían pensar en el Schindler de Spielberg. Se ve a los nazis asesinar a sangre fría y si bien las pelis de Charlot siempre fueron sociales no en este grado de hablar alto y claro que el momento requería.
Quizás últimamente no la consideramos de las mejores porque la película cómica y la película política casan de una manera extraña, a Chaplin no le importa detener la narración del drama judío para desarrollar a veces incluso dos largos gags (la bola del mundo y el barbero a ritmo de Brahms van seguidos en el montaje) o empezar con el largo gag de la I Guerra Mundial, todos brillantes pero dejan la sensación que existen no para la película sino para si mismos.
Descoloca no ya que la risa y el llanto se sucedan, es que se sucede la risa y la barbaridad ¿eso es malo o equivocado?, no pero es una mixtura algo desequilibrada. Sobre todo porque resulta una película larga para lo que cuenta, tan al servicio de su mensaje como de los números cómicos, que tienen muchísima gracia pero me parece integrados de forma poco natural en la historia.
Todo esto visto un poco en frío, tampoco me acaba de convencer el discurso (sí su contenido, por supuesto) pero ya digo que visto en frío porque la emoción que imprime el Chaplin director a la valentía de su obra es de primera, resulta irregular porque se la juega, está plenamente inserta en su tiempo y fuera de él, la vitalidad visual que tiene, cómo se mueve la cámara, la fuerza que tienen por separado esas dos películas que se pegan entre sí, eso, para alguien que practicaba por entonces tan poco el cine solo lo estaba haciendo Ford y el Welles que tenía que debutar.
Y qué bien aguanta el plano Paulette Godard, Roberto Benigni no tuvo tanta suerte con su musa y tuvo que congelar el plano final.

2 comentarios:

  1. Una vez escuché a José Luis Guerín decir que al final de esta película ocurre algo hasta entonces inédito en la historia del cine: el personaje, el vagabundo, se convierte de repente en Charles Chaplin que, movido por la urgencia de la situación, nos habla en primera persona. Una vez más Chaplin, el gran clásico, se revela también como un gran moderno, abriendo el camino de Fellini, Mekas o Akerman.

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  2. Es que el mejor clasicismo siempre está a un paso de inventar la modernidad.

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