miércoles, 15 de abril de 2026

EN BANDEJA DE PLATA

 Pasa el tiempo y en cierto modo parece haber triunfado entre la crítica y parte de la cinefilia el "cánon francés" respecto a los cineastas clásicos del cine USA. Se lee mucho sobre Hawks, Lang, Hitchcock, Nick Ray incluso Ford pero otros parecen haber quedado un poco arrinconados de pasadas loas. El caso más flagrante además de los consabidos William Wyler, George Stevens o Fred Zinnemann (que incluso puedo compartir en cierto modo) es el de Billy Wilder. En los años 90 era Dios y yo diría que ahora se habla muchísimo menos de él.

Eso hace que inconscientemente incluso a mi mismo se me suela olvidar Wilder. Creo que puedo suponer, imaginar, incluso a veces lo he leído qué tipo de dogmas o aprioris rebajan su condición de director mítico. Que si los guiones cerrados a cal y canto, que si lo visual, parece poco cinematográfico, como carente de esa fibra visual y esa libertad de los glorificados por el cánon. Cuando vuelvo a sus películas intento ponerme en esa posición teórica y detectar de algún modo esas debilidades,como intentando explicar qué es lo que ha hecho que haya caído en mi atención.
Vuelvo a "The fortune cookie" (1966) tras aproximadamente tres décadas, aquí llamada "En bandeja de plata" y en los primeros minutos me parece ver una estructura y unos personajes demasiado marcados, previsibles y predeterminados, como si esto fuera una película convencional y rutinaria. Me parece ver una película que promete ser demasiado larga y aparatosa. Me parece ver un Walter Matthau sobreactuado, con unas miradas al vacío o al fuera de campo totalmente salidas de madre. Me parece ver por momentos todo aquello que ha podido hacer que el nombre de Billy Wilder sea menos consagrado de lo que fue en tiempos.
Pero cuando se me deshace en el coágulo en el cerebro (si se me permite el travieso chiste de "Todos dicen I love you") de repente me olvido de todo eso y me reencuentro con una película que necesita otro tipo de mirada para ser disfrutada, no menos rigurosa ni menos exigente sino menos analítica en ese sentido tan estrecho de miras, tan basado en unos principios, cuando a veces hay que ir a buscar los principios adecuados. Porque me parece muy difícil poder encontrar a otro director que yo creo que vaya a trascender tanto como él los siglos con esa visión inigualable de la condición humana, entre el humor y la ternura de buena ley. Me parece difícil encontrar otro director con tantos momentos visuales brillantes, en la composición de los planos y en la fuerza de los espacios (la presentación de ella siempre con un hombre al fondo, el uso de los espejos mientras Lemmon-gigantesco sin pretenderlo- ve un film de Lincoln en el hospital...y todos los que seguramente no podamos percibir porque estamos embelesados con una historia que nos pasa en un suspiro...aunque prometiera ser larga y aparatosa).
Y me suele pasar siempre que vuelvo a Wilder y veo a esos personajes que siempre se mueven por poder, sexo o dinero. Y veo una y otra vez embobado y encantado películas tan conmovedoras, maravillosas y divertidas como ésta (por bien escrita y por bien filmada porque no hay ni una imagen que huela a rutina y aburrimiento). Y tarareo una y otra vez ese vals de André Previn que habla tanto del amor, de la nostalgia, de los espejismos y al final de la recuperación de uno mismo. Es difícil encontrar a alguien que sea tan fascinante, tan seductor y a la vez tan profundo. Hay que repetir más a menudo su nombre porque no se repite lo suficiente. Billy Wilder.



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