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lunes, 5 de diciembre de 2016

TODOS QUEREMOS ALGO



Ya quedaron ustedes suficientemente puestos en antecedentes con el rescate hace unos días de lo que escribí en su momento sobre "Boyhood".

Telegráficamente sobre la última obra de Linklater. Imposible agarrarse a nada en lo narrativo. Una película a base de imágenes de comedia ochentera universitaria reconstruida en el siglo XXI de forma grotesca como pedazos de un monstruo de Frankenstein. Trozos de carne muerta devueltos a la vida sin perspectivas de éxito.

Para entrar dentro hay que tener con ella una sintonía en lo estético, en lo sonoro y con su dinámica al alcance de muy pocos. Además hay que ponerse en situación de suponer un palpitar iniciático en una colección de bigotudos talluditos que son más un chiste alargado que la expresión de algo que merezca ser reflexionado.

El ejercicio de exégesis cinematográfica que hay que hacer para captar su presunta grandeza es excesivo y para colmo  en sus minutos finales pretende crear una especie de emoción sedimentada que no encuentra ningún eco en su metraje anterior.

O quizás me sucede como a quienes detestan la maravillosa "Before midnight". No recuerdo o no he vivido ese despertar enamorado tras un inolvidable fin de semana de juerga y los mejores años de mi vida por delante. Un film vacío o un continente vacío en el que depositar el film. El irresoluble dilema de las películas. ¿Habré dado con la clave del film desde mi más absoluto desprecio?

Incluso leo a alguien citar "La maman et la putain" y me divierte y me cuadra echándole espíritu alocado. No me ha gustado esta peli pero adoro el CINE y esa constante tensión maníaco-depresiva que le pueden producir a uno películas como ésta o el social ruido de fondo que las acompaña.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

BOYHOOD

Boyhood (Richard Linklater, 2014)

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Los mejores años de nuestra vida
Durante el verano del año pasado tuvimos la deslumbrante suerte de contemplar en las pantallas españolas “Before midnight” de Richard Linklater. Lo que aparentemente, y no era poco, era la tercera parte de las aventuras y desventuras de la  tan conocida pareja, amada y repudiada a partes iguales, se apareció como una de las películas más hermosas de la década.
Y no fue porque fuera más atinada que las dos entregas anteriores, sino por cómo Linklater jugó con los sedimentos que fueron depositando a lo largo de los años las dos entregas anteriores, rodadas en los últimos dieciocho años a razón de nueves años entre entrega y entrega. Cada mirada de Ethan Hawke al mar y a sus criaturas, cada diálogo, cada risa y cada tensión entre estos dos seres neuróticos y vitalistas llevaban el sello de todo lo acontecido desde que se conocieron en Viena y el sello de todo el tiempo transcurrido desde entonces también para  el espectador, que ha vivido su propia vida durante ese tiempo, ha crecido y madurado a su propia manera.
“Before midnight” certificó a Richard Linklater como un auténtico cineasta del tiempo, y eso que la mayoría no sabíamos en qué había estado metido ya incluso antes de rodar la segunda parte de su trilogía.
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“Boyhood”, de la que ya habrán oído y leído tanto sobre sus doce años de rodaje, no es un proyecto estrictamente original. Muchos cineastas han seguido a un actor-personaje a lo largo de los años. Lo ha hecho Bill Douglas,  y lo ha hecho François Truffaut entre otros. Pero permítanme la herejía, que servirá para describir algunas de las mejores virtudes de “Boyhood”. Truffaut filmó algunas películas antológicas sobre Antoine Doinel, pero como serie no sólo se la tomó muy poco en serio, tuvo escasísimas ambiciones, desaprovechó un concepto fantástico, y penúltimo y último capítulo supusieron un sucesivo deslome de las ya de por sí escasas y poco hambrientas  intenciones.
“Boyhood” es una película pretenciosa, y a mí no me molesta eso en absoluto. Ya no existe el clasicismo depurado de John Ford y en muchas ocasiones bajo la supuesta humildad y moderación de objetivos  sólo se esconde una desesperanzada e insoportable grisura. Pretenciosa viene de pretender, de intentar, de ambicionar, de querer conseguir. No es mal camino para el cine querer conseguir, y poco importa que al final uno se equivoque, o como en el caso de Linklater la empresa fuera excesivamente ambiciosa o difícil de pulir adecuadamente para elevarse a cotas de brillante emoción cinematográfica.
“Boyhood”  pretende hacer  dos cosas  que a mi juicio no le salen, pero en el empeño te mantiene atento y admirado. Condensar una experiencia vital de una longitud similar a la de la trilogía en tan sólo algo menos de tres horas de proyección, y donde en la trilogía se focalizaba la narración en conversaciones y momentos de enorme trascendencia focalizar aquí en su lugar en transiciones vitales significativas pero que no se constituyen en nudos dramáticos de una intensidad digamos que convencional.
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La dificultad de condensarlo todo en una sola película es que aquí las emociones no llegan a sedimentar en la mente del espectador como sí podían hacerlo en el proyecto de la famosa pareja Hawke-Delpy que había ido llevando en paralelo. Desde que el chaval tiene seis años las pinceladas son demasiado rápidas y paradójicamente a pesar de tratarse del mismo actor no se llega a construir un personaje identificable a lo largo de los años, tratándose del mismo actor casi parecen personajes diferentes por la falta de continuidad narrativa y un desapego de las convenciones que llega a resultar sorprendentemente contraproducente.
La dificultad de focalizar en transiciones de una intensidad menos convencional es que hay que tener un ojo poético que está al alcance de casi nadie para dar verdadera vitalidad a lo más banal de la existencia. “Boyhood” está demasiado centrada en las tormentas de los adultos, tormentas a veces algo cansinas  y  exageradas, salvando el que presupongo cáustico comentario sombre el amansamiento de la revolucionaria America de Obama. Las tormentas o hechos trascendentales de los jóvenes son demasiado nimias, ni si quiera asumiendo uno que su vida está hecha de cotidianidades bastante banales se dejan de recordar hechos más  emocionantes o más perturbadores. No siempre es cierto que la vida no es como las películas o que las películas donde pasan cosas de una dramaturgia menos acentuada se parezcan más a la vida. En ese sentido es quizás contraproducente la forma excesivamente prosaica que adopta “Boyhood”, consiguiendo mejor tono, aún con sus posibles irregularidades, un film como “El árbol de la vida” de Terrence Malick gracias a su verso libre.
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¿Qué habría podido hacer?. No lo sé. ¿En qué se ha equivocado?. Es probable que en nada. A veces hay que disparar el esférico desde medio campo, a veces hay que intentar driblar a cuatro defensas sin pasarla al compañero. Hay un disfrute en la belleza del gesto, del intento. Sin esos intentos no hay historia ni Historia que valgan. Lo que intenta “Boyhood” es titánico y meritorio, y en esas ganas hay mucha fuerza, pero no cuaja.
Pero no quiero acabar sin señalar algo que me parece extraordinariamente conmovedor y que se ha reseñado un poco. Se ha escrito hasta la saciedad que Linklater filma al niño Ellar Coltrane desde sus seis hasta sus dieciocho años, y se ha reseñado que el personaje tiene una hermana a la que da vida la hija del director, Lorelai Linklater, como si eso fuera cualquier anécdota. Parece que pocos han dado importancia a ese bellísimo y discreto documental íntimo que hace en segundo plano un director sobre su hija. Es de esas bellezas que no están estrictamente en la película, es una información externa y puede que accesoria por no apreciarse si no se supiera, pero impresiona y asombra.
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viernes, 19 de julio de 2013

BEFORE MIDNIGHT

Hace nueve años me sorprendieron las buenas críticas a "Before sunset". Lo primero que entendi es que debía de ser una especie de revisión dramática madura e inteligente de una intrascendente comedia romántica llamada "Before sunrise" realizada nueve años antes con los mismos actores y personajes.

"Before sunset" era una sorpresa en la que la emoción iba naciendo de la intensidad creciente de los diálogos entre dos personajes a los que la cámara seguía dejándolos hablar sin recurrir a efectismos musicales ni a absurdos personajes secundarios. Tampoco me resultaba ajena cierta coincidencia o parecido con la edad de los personajes y cierto estado de ánimo, sin hablar de estricta identificación. Coincidencia de la que también habían disfrutado los espectadores de mi generación que vieron "Before sunrise" nueve años antes.

Vi entonces "Before sunrise" a continuación y me demostró que estaba completamente equivocado. Ya establecía las líneas maestras sobre las que sustentaba "Before sunset" y no tenía nada de comedia romántica al uso. Claro que para entonces ya me había perdido esa cierta afinidad generacional con la que jugaba y que habría podido disfrutar en su momento.

Nueve años más tarde el experimento vital sigue con "Before midnight", corriendo el riesgo de agotar la fórmula o de defraudar el pequeño culto entorno a ellas, subrayo lo de "pequeño".

"Before midnight" se la juega siguiendo el filón y es a mi juicio no sólo la mejor de las tres con diferencia, es una de las más hermosas películas que ha dado el cine de los últimos años y el cine USA en particular.

Hay algo verdaderamente emocionante en ella que se apoya desde luego en las dos anteriores, no en el recuerdo de ellas, en el sedimento del paso del tiempo que late en toda la película.

Linklater consigue algunos de los momentos más hermosos en las transiciones entre los diálogos, en los planos del lugar paradisíaco, planos de los niños, de los personajes charlando con esa música preciosa y discreta. Consigue hacer sentir el paso del tiempo, el paso de dieciocho años.

Pero desde luego su mayor baza son los diálogos, que a mi personalmente me resultan de una credibilidad extrema e impresionante. Abre con inteligencia el foco a personajes secundarios, que a pesar de ser argumentalmente poco relevantes dan esa sensación de flujo de la vida, por la bien escogida diversidad de edades de los comparsas.

Y por encima de todo el tour de force entre Ethan Hawke y Julie Delpy deja más con la boca abierta que nunca. Te reflejas con tus bondades y miserias en los dos a la vez (aunque tengan esa tendencia contemporánea a hablar de hombres y mujeres), te llegas a sonrojar y a palidecer a partes iguales, emociona y sacude con la voz baja. Hablan de la vida pero son sus imágenes las que más dicen, acerca del amor, del deseo, de la devoradora rutina y de la intensidad emocional de la experiencia cotidiana contemplada con la perspectiva de los años. Están llenos de neuras pero no son inventadas en el vacío de la ociosidad (como tantas veces pasa ahora). Una miniatura vibrante que pasa en un suspiro y recoge la bellísima imperfección de todo, de nosotros, para volver a dejarla caer dulcemente al río de la existencia. Arrebatadora.