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lunes, 21 de enero de 2019

GLASS

 El mundo está necesitado de superhéroes y el aficionado también. Tardaremos décadas en darnos cuenta de la inmensa tragedia que supone, por muy bien que se considere que está el cine actual, el abandono y la desidia en la que se encuentra el gran cine de género filmado para las grandes plateas y lo empobrecedor que es tener que refugiarse en el llamado "cine de autor" como única alternativa.
Ya llegué sensibilizado por esto porque una hora antes de la película me la pasé leyendo un folletín del siglo XIX que comentaré en unos días que a través de la aventura entiende el mundo mejor que otras que lo abordan directamente.Lo único amargo de un título tan magistral y tan inmenso como "Glass" es que a duras penas va a tener continuación durante todo 2019. Se puede hablar del mundo y de la vida de forma directa y trascendente, nada que objetar, y se puede hablar de todo ello a través del relato de emoción y de suspense dirigido a la epidermis y a hacer latir el corazón a muchas pulsaciones por minuto, sin por ello renunciar a través de lo alegórico a cargas de profundidad que a pesar de no tener mayor misterio en su descifrado, resultan mucho más poderosas a veces por no ser enunciadas de forma engolada y pretenciosa, de forma tan halagadora y barata para la intelectualidad del público.
"Glass" es una poderosa película política que no hace especial referencia a un determinado momento sino a un mal endémico del ser humano y su relación con el sistema y sus instituciones represoras y patologizadoras, habla literalmente de "los últimos 10.000 años" y sirve para los 10.000 siguientes y no se me ocurren tantas que lo hagan mejor que ella. Es un cómic filmado maravillosamente donde no puedo despegar la vista de la pantalla, prodigiosamente hilvanado con "Unbreakable" y "Split", con quienes forman un microcosmos inquebrantable e imborrable.
Su guion y su puesta en escena son pródigos en detalles inagotables a medida que los vas pensando al cabo de las horas, sigue ese exigente adagio de "una idea por plano" e imprime a fuego la conmoción atávica ante el relato de héroes y villanos, redimiéndolos a todos desde un humanismo existencialista entusiasta. M.Night Shyamalan es un maestro y está a años luz de todos los demás que trabajan en su negociado. Haberlos haylos pero no trabajan de esa forma contumaz, se muestran caprichosos, erráticos e irregulares en sus elecciones si es que directamente no han sido consumidos por los estudios cinematográficos más asustadizos de toda la Historia del Cine. La mayor duda es hacia dónde puede seguir después de una película recopilatoria-resumen de sus inquietudes como autor y genio del entretenimiento (respeto absoluto por esta palabra) como ésta.
Como sucedió hace un año con "El hilo invisible", el año ha vuelto a empezar fatal. Otra película para tirar la toalla y abandonar toda esperanza.

viernes, 4 de marzo de 2016

LA VISITA

Tras un paréntesis que algunos hemos ignorado con prejuiciosa desvergüenza (The last airbender y After earth), Shyamalan vuelve al género que le ha dado la fama y vuelve cargado de sus mejores virtudes y algún otro de sus habituales defectos.

"La visita" es una obra planteada con una originalidad formal directamente vinculada con su discurso. Su estructura de falso documental no es más que una forma de vertebrar su vibrante declaración de amor a un cine de terror protagonizado por la mirada de un cineasta.

Los protagonistas están directamente implicados en cada segundo de la película, llegando a discutir sobre la pertinencia de dejar o no la cámara grabando cuando no están ellos presentes.

"La visita" es una espléndida y sólida obra de terror y un manifiesto , incluso un ensayo sobre el terror interior, el que nace de las heridas emocionales, de las familias rotas, tan frecuentes en el cine de Shyamalan.

Precisamente lo único que rompe el equilibrio del conjunto es la dependencia de los guiones de Shyamalan de la "explicación" o de la "sorpresa", que en este caso a mi juicio, aunque resultona, no especialmente grotesca y bastante bien llevada,  traiciona profundamente la esencia de ese terror interior y de esas heridas en las que se insiste tanto, teniendo que volver al tema de la familia en el epílogo para cerrar de forma ortodoxa todo lo que la "sorpresa" no explica.

No es la primera vez que Shyamalan se muestra infinitamente mejor director que guionista, y no es la primera vez que sus películas aparecen encadenadas por el efecto "sexto sentido". No parece que eso vaya a tener solución posible, pero tampoco tiene sentido que empañe un trabajo arriesgado y concienzudo en sus formas de este enorme valor.