A la entrada del cine un hombre pregunta si allí se proyecta una película portuguesa, tal habrá sido el calado de "Misterios de Lisboa", la penúltima película de Raúl Ruiz antes de su muerte y seguramente la que acabe quedando como su obra más popular.
Quien espere encontrar algo parecido a "Misterios de Lisboa" en esta testamentaria "La noche de enfrente" acabará decepcionado. Seguramente se parezca mucho más a otras obras de Ruiz, cineasta aún poco conocido del que vimos hace unas tres ediciones "La maison Nucingen", una extraña película sobre un relato de terror, algo incómoda, pero cuyo recuerdo sigue perviviendo en quien la ha visto.
"La noche de enfrente" encuentra también acomodo sin dificultades en el género fantástico. Un anciano que espera la muerte y recuerda flashes de su vida entre algunas canciones (un poco entre John Ford y Terence Davies) y la presencia de lo sobrenatural (con gotitas en la línea de obras similares de Fellini, Fosse y Altman), mezclado con una retórica literaria propia que se mueve entre lo bello y lo cargante y una preciosa fotografía digital.
HOLY MOTORS
La película de Ruiz y más aún la de Leos Carax (del que sólo había visto su famosa "Los amantes del Pont Neuf) justifican que existan los festivales de cine y que estos no deban ser una sucesión de preestrenos para que se empiece a hablar de estas películas en la prensa. La de Ruiz dudo que se estrene en España. La de Carax se estrenará en breve. Pero ambas poseen una condición de objetos de discusión que despertarán, están obligadas a despertar, adhesiones y rechazos frontales.
La película que ha hecho Leos Carax no tendría el menor sentido si algunos no la consideraran una tontería irritante y tampoco tendría sentido que los que nos quejamos del adocenamiento y aburrimiento que provoca a veces la cartelera no nos arrodilláramos ante ella.
Es un objeto revulsivo, fascinante y enigmático que no nace huérfano, la abuela "Persona" y la paternidad y maternidad de "Mulholland drive" y su complemento o extensión "Inland empire" están allí, orgullosas de su pequeña y lozana criatura.
Carax se lanza por el abismo siguiendo a una especie de actor que sigue un extravagante itinerario en limusina cuyas paradas son la ejecución de papeles de lo más variopintos, marcianos y absurdos, desde lo truculento hasta lo melodramático pasando por lo musical o el motion capture, aparentemente desconectados entre sí, un ángel de la muerte cuyas identidades quedan completamente confundidas con quién es él realmente.
Hay un cierto sentido, dentro de un clima etéreo y surrealista, en lo que cuenta Carax, pero sería un pérdida quizás que ese misterio sobre qué estamos viendo realmente focalizara la atención de una obra arrojada a la imaginación, a lo onírico, a lo imprevisto, a la libertad narrativa y al gozo por filmar y por crear, además con fotografía de primera línea de los contrastados Yves Cape y Caroline Champetier.
Una de las películas más importantes y estimulantes de los últimos tiempos, a la que volver cuando se estrene. Con un arrollador y camaleónico Denis Lavant, Kylie Minogue, Eva Mendes (olé por su valor), Michel Piccoli, y una chófer interpretada por Edith Scob de la que la película, amante del cine como ella sola, no quiere olvidarse que un día fue "Los ojos sin rostro".










