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jueves, 12 de mayo de 2016

PERDIDA


Perdida (David Fincher, 2014)

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Ante la nueva película de David Fincher, una de las mejores trayectorias del reciente cine comercial USA, sólo cabe quitarse el sombrero por su sabiduría para saber jugar sus cartas, es decir, sus potencialidades, saber dónde puede ser formidable y dónde puede embarrarse sin solución alguna. No es que no corra riesgos, es que ni vulgariza ni engola su voz narrativa para contar lo que quiere contar.
“Perdida” (Gone girl) es la adaptación de una novela de Gilian Flynn, firmante del guión de la película, y por tanto presumo que raramente será infiel a su propia obra. La historia es completa, total y absolutamente inverosímil. Carece de cualquier tipo de coherencia o realismo, pero una vez asumido, sus propias lecturas nacen de esa inverosimilitud.
Se ha asimilado mucho el trabajo de Fincher al de Hitchcock. No es simplemente una cuestión de calidades. Como Hitchcock, Fincher comprende la importancia de la información, el suspense antes que la sorpresa, el fetichismo de las imágenes, los rostros, los peinados, los lugares, la importancia de los detalles y de los objetos, el soterrado sentido del humor y el mimo a los actores secundarios.
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Como Hitchcock, Fincher sabe jugar con la apreciación del público hacia los personajes. Hay algo que me parece fundamental en “Gone girl” y es la presencia del inexpresivo y acartonado  Ben Affleck. Sólo un personaje tan vulgar y mezquino como el suyo puede dar sentido a una película, de haber sido un ser encantador o un actor carismático es probable que la obra hubiese virado peligrosamente a los extremos de una odisea de culpabilidad dudosa (como si de una versión postmoderna de “Mystic river” se tratara) o a los extremos de una ancestral y a estas alturas algo aburrida misoginia hollywoodiense de manual. Pero Fincher saber jugar con los dobleces del personaje y el actor resulta un monumental acierto de casting.
A pesar de que lo formule expresamente en algún momento, lo que creo que es algo parecido a un error, Fincher también juega con el mensaje de forma bastante airosa y potente. No sólo el personaje de Ben Affleck es lamentable, el de Neil Patrick Harris, que en principio debería representar sus antípodas, también es patético, sumergiendo a la protagonista (una excelsa y absolutamente inolvidable Rosamund Pike) en un mundo de hombres controladores y posesivos que la ostentan como un vulgar trofeo en un mundo de apariencias ante los demás y ante si mismos.
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La película gira en torno a una representación, ante los personajes y ante el público, gira en torno a una mujer desaparecida como en “Psicosis” o “La aventura”, y está estructurada sobre el punto gravitatorio de un punto de ruptura, justamente introducido cuando la película parece adentrarse peligrosamente en ese rutinario mundo que mencionábamos de los culpables dudosos.
Después de ese punto de ruptura Fincher parece redoblar la apuesta y conduce la película a momentos que más que de Hitchcock podrían ser deudores el jolgorio y el delirium tremens de un Brian De Palma, pero es porque sabe que su juego de representaciones y de ambigüedades emocionales sólo lo puede expresar de esa forma grand guiñolesca, que si opta por un cierto realismo o una obra de tesis, precisamente su propia tesis naufragará por incapacidad expresiva. Fincher es Fincher, y no es Clint Eastwood ni Ingmar Bergman. Por suerte porque los susodichos ya existen o ya han existido.
“Gone girl”, desde sus fragmentados créditos iniciales, es una excelente película,  una obra magistral sobre los fantasmas de la pareja, sobre lo que somos y sobre lo que figuramos. Cuenta lo mismo que “Nosotros no envejeceremos juntos”, que “Secretos de un matrimonio” o “Dos en la carretera”, pero se ajusta unos ropajes que le sirven, que se ciñen delicadamente y le quedan bien. Sabe qué ropa ponerse y que cuando realmente haría el ridículo sería impostando frases sentenciosas (que aún así alguna sigue sobrando) y una supuesta profundidad de manual del cine “de verdad”. Su mensaje está en la fibra de las imágenes. Llega alto, claro y atinado. Las costuras caen grácilmente sobre la América  de frágiles e inmaduros del internet 2.0, y por extensión a Occidente, al igual que Bergman se ajustaba a la burguesía intelectual sueca de los años 70 o Allen a la neoyorkina. Los tiempos y sus gentes con su propia e intransferible expresión.

domingo, 1 de julio de 2012

LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES





El cine tiene su propia vibración. Es un arte que se alimenta de otras artes, se quiera o no se quiera, pero que provoca una emoción completamente independiente del latido de la pintura o la literatura. Una emoción que ninguna otra disciplina puede provocar y no siempre tiene que estar relacionada con la reflexión o la hondura psicológica.

El cine no es contar una historia, o es muchísimo más que contar una historia. Sólo así se entiende la paradoja de que alguien consiga hacer una película apasionante, fascinante, magistral, maravillosa, inolvidable, contando una historia aburrida, vulgar, fea, una verdadera basura insufrible sobre asesinos, citas bíblicas y fotos reveladoras.

Todas mis expectativas satisfechas en este thriller, en esta obra de género pura, desacomplejada, una sinfonía de luz envolvente, presencias dominadoras de la escena, grandiosos movimientos de cámara y un montaje virtuoso que proporciona un ritmo hipnótico a la más absoluta nada. Una inspiradísima sinfonía que hace vibrar eufóricamente, con ese latido que pertenece al cine y sólo al cine.

Que absurdo que la segunda parte no vaya a tener a David Fincher. Qué comprensible que no le estimule seguir sacando petróleo de esta esquelética historia. Bendita sea esta sequía de ideas con la que se ha relacionado a esta película. Sólo le señalo esa limitación, lo que te está contando es una verdadera bazofia, cómo te lo cuenta es de un virtuosismo extasiante.

martes, 6 de marzo de 2012

LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES

En principio no hay nada en la trilogía de Stieg Larsson que la haga merecedora de la atención acumulada, es la típica historia de chica desaparecida, que esconde detrás una resolución no demasiado emocionante, una escena en la que se descubre algo mirando fijamente una foto, entonces…¿Dónde está el secreto de su éxito? En ella. Lisbeth Salander. 

Y eso lo sabe perfectamente David Fincher, desde los titulos de crédito, unos titulos oscuros y espectaculares, de pesadilla, con una música estruendosa, justo el universo perfecto en el que se mueve una Lisbeth muy bien interpretada por Rooney Mara, el mundo de Lisbeth, opaco, donde la información personal se suministra en dosis muy pequeñas y el resto fluye a la velocidad de la luz. 

Daniel Craig está correcto, era el Blomkvist perfecto, la pelicula se centra en la relación entre ellos, en como un personaje tan oscuro y asocial como el de Lisbeth puede encontrar cierta comodidad con la presencia de otra persona, una que no la juzga.

 Fincher construye una pelicula potente, trepidante y que cincela la novela hasta convertirse en algo mejor que ésta. La trama es secundaria, el foco está sobre Lisbeth, su aparición entierra a los demás Hackers que hayan sido retratados por el cine.