El cine tiene su propia vibración. Es un arte que se alimenta de otras artes, se quiera o no se quiera, pero que provoca una emoción completamente independiente del latido de la pintura o la literatura. Una emoción que ninguna otra disciplina puede provocar y no siempre tiene que estar relacionada con la reflexión o la hondura psicológica.
El cine no es contar una historia, o es muchísimo más que contar una historia. Sólo así se entiende la paradoja de que alguien consiga hacer una película apasionante, fascinante, magistral, maravillosa, inolvidable, contando una historia aburrida, vulgar, fea, una verdadera basura insufrible sobre asesinos, citas bíblicas y fotos reveladoras.
Todas mis expectativas satisfechas en este thriller, en esta obra de género pura, desacomplejada, una sinfonía de luz envolvente, presencias dominadoras de la escena, grandiosos movimientos de cámara y un montaje virtuoso que proporciona un ritmo hipnótico a la más absoluta nada. Una inspiradísima sinfonía que hace vibrar eufóricamente, con ese latido que pertenece al cine y sólo al cine.
Que absurdo que la segunda parte no vaya a tener a David Fincher. Qué comprensible que no le estimule seguir sacando petróleo de esta esquelética historia. Bendita sea esta sequía de ideas con la que se ha relacionado a esta película. Sólo le señalo esa limitación, lo que te está contando es una verdadera bazofia, cómo te lo cuenta es de un virtuosismo extasiante.






