(12 de noviembre 2022)
Tras una semana demoledora culminada con uno de esos virus virulentos y rápidos, qué mejor manera de irse a dormir reestablecido y preparado para volver a la posición inicial.Seguimos jugando a las hemerotecas. Descubrí esta película en el pase del jueves 28 de octubre de 1993 en TVE-1. Ese pase tan comentado que vio José Luis Guarner antes de fallecer. Lo que no hizo más que acrecentar un mito que ya alimentaba Pumares desde la radio. Luego la compré en vhs y la vi decenas de veces. Siempre con la misma emoción de no discutir su maestría pero de pensar que los 20-30 minutos iniciales eran un misterio de la estirpe de los Dreyer, de los Mizoguchi y compañía que estaban aún más altos que el resto de la película, que de alguna manera "bajaba" un escalón a la terrenalidad del cine. La gasté un tanto y más o menos la dejé aparcada tras un pase en pantalla de cine en los Meliès a principios del nuevo siglo.
Recuperada en un blu-ray portentoso bendigo todo el tiempo que ha estado aparcada y creo que su recorrido no ha terminado todavía, el misterio de su inicio, que es el que ha hecho correr tantos ríos de tinta, sigue ahí intacto, pero para los restos se impone otro misterio, el del resto de esa película tan irregular, tan llena de meandros, de cambios de voz narrativa, de dilataciones. De una hermosísima y conmovedora emoción que linda con la Modernidad del Cine, que ya se vivía en Hollywood a su manera, y no por influencia de Europa sino como una evolución e inquietud natural del propio Arte hacia nuevas formas. Una Modernidad edificada sobre los cimientos del clasicismo, y eso lo hace sentir muy bien Max Steiner.No hay ninguna película mejor.







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