jueves, 1 de enero de 2026

BLUE MOON

FELIZ AÑO 2026


Muchas veces he citado por aquí la noche del 31 de marzo de 1943, cuando Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II estrenan "Oklahoma!" en la que es una especie de noche fundacional del teatro musical americano moderno, ya saben ustedes que estas cosas nunca son totalmente ciertas ni totalmente falsas.

Lo inesperado fue saber hace poco que se acababa de hacer película sobre ello, en la que salen muchos de los detalles que comentaba yo este mismo verano en este blog hablando de la versión cinematográfica de Zinnemann. Que Rodgers se la ofreció a Hart, que a Hart le horrorizaba el material de partida y que comenzó entonces su alianza con Hammerstein II, de alguna manera aliviado por esa negativa dados los problemas de Lorenz Hart con el alcoholismo, que le impedían trabajar de forma rigurosa. Bueno, no sé si conté exactamente todo eso pero si lo leí este mismo verano.
La película, ya lo saben a estas alturas, es “Blue moon” (Richard Linklater, 2025). La verdad es que como fanático del tema sigo de maravilla la profusión de referencias que se hacen en los diálogos al pasado, al presente y al futuro teatro del musical (futuro encarnado en ese repelente vecinito de Hammerstein, ¡cameo del año!). Y reconozco la práctica totalidad de melodías que no dejan de sonar al piano durante casi todo el metraje. Podría ser esa la clave, una película para el fan, para el conocedor de la materia. Pero no creo que sea exactamente así.
Hay millones de películas que son verdadero material de derribo que hablan de cosas del cine que conozco, que me atraen y me interesan y no son como “Blue moon”, que escapa al acartonado biopic recreativo, probablemente el género más funesto del planeta Cine.
Robert Kaplow escribió en el pasado una novela de la que Linklater hizo una película llamada “Me and Orson Welles”, sobre el Mercury Theatre, parece pues un especialista en el paisaje cultural de la época. Ha escrito este señor un guion inspirado por la correspondencia entre el letrista Lorenz Hart y una estudiante de Yale que firma las cartas como Elizabeth Weiland, que no es una correspondencia publicada sino cartas copiadas al carbón que dice haber comprado a un librero. La primera inspiración sin embargo dice Kaplow que le vino en los años 70 cuando escuchó en una entrevista la frialdad con la que Rodgers se refería a su antiguo colaborador.
Pero esto sigue siendo cháchara de fans. Creo que Linklater hace algo maravilloso y es que filma un guion sobre algo que probablemente no sucedió jamás. No hay constancia de que Hart acudiera a la fiesta después del estreno que retrata la película ni que esta fiesta se celebrara en Sardi’s. Ni mucho menos que a esa fiesta acudiera la tal Elizabeth Weiland, de la que poco o nada se sabe. La película no es un biopic recreativo porque a pesar de los millones de referencias en los diálogos describe una noche ficticia. Y creo que sabe centrarse en la figura de Lorenz Hart trascendiendo al personaje y transmitiendo la universalidad de la tragedia del personaje.
Porque cuando empieza la película Hart habla incansablemente sobre las palabras, sobre las escritas por él y sobre las palabras de otros. Habla, con subyugante sentido del humor, en el fondo sobre su oficio de letrista, al que ha dedicado su vida entera. Y habla sobre ese oficio, ante un barman y un soldado pianista la noche en la que su oficio va a cambiar para siempre, convirtiéndolo definitivamente en un personaje anacrónico y desubicado. Porque una noche fundacional significa una esperanza en el futuro pero también el fin de unos tiempos y todo lo que se pierde con él. Lorenz Hart (conmovedor y divertidísimo Ethan Hawke) en esta película de Linklater es una especie de Tom Doniphon del teatro musical americano, que ni si quiera tiene la lucidez de entender que sus esperanzas románticas con el personaje de Margaret Qualley no tienen el menor sentido ni visos de realidad.
Linklater filma esto con su proverbial oído para filmar la palabra y cómo ésta agiganta la intensidad dramática de las imágenes. Transita con naturalidad del humor a la mueca amarga. Se mueve en un solo escenario con fuerza cinematográfica, más allá de la teatralidad que podía presumirse, si entendemos que no es teatral de per se todo aquello que trancurre en un solo escenario.
Miedo me daba, la verdad, pero “Blue moon” me parece una película deslumbrante, asombrosa, graciosa y conmovedora, de las que me dejan un brillo en los ojos, que trata sobre el amor a un arte, a un oficio, a la palabra y trata sobre esos tiempos que cambian un día para todos para bien y para mal, para los supervivientes y para aquellos cuya sabiduría quizás se pierda para siempre en un océano de olvidos.
Veo antes de empezar el horroroso trailer de “Nouvelle vague” aunque ahora es inevitable preguntarme cómo habrá tratado el director otro momento en cierto modo “fundacional”. Que se lance y haga una película sobre el estreno de “Salomé” de Strauss en Austria en 1906, al que fueron todos los que eran alguien en el mundo de la música de entonces en el mundo real, personajes ficticios como el Adrian Leverkhun del “Doktor Faustus” de Mann y en el que se especula que pudo haber asistido el mismísimo Hitler. Campo abonado para crear y no recrear. El que se considera casi el inicio de la música moderna. Ya empiezo a delirar, paro aquí para no torturar más al que se lo haya leído todo, solo me falta dar ideas para futuras películas…Eso sí, Richard, te la doy gratis a cambio de que sigas filmando “Merrilly we roll along”, del repelente vecinito de Hammerstein II.



No hay comentarios:

Publicar un comentario