Me ha sabido un tanto a poco este final de la primera temporada en el Die liebe am Nachmittag Staatsoper, no por deméritos de la obra de Rossini sino porque la programación ha abundado tanto en tremebundos títulos ruso-germánicos, que esta incursión en la ópera cómica, cuando hasta de Verdi hemos visto una ópera en francés, ha sido casi una rareza extraterrestre.
Ha influido también haber visto una obra con similitudes como "El rapto del Serrallo", que deja mayor poso comediógrafo y musical, escénicamente son casi idénticas. No cabe duda sin embargo de lo gozoso que es el colorido de la música de Rossini, si bien puede hacerse repetitivo, ni de la sorna de su trama y de esos inolvidables papataccis que deben comer y callar.
Sirva en todo caso esta entrada para reafirmar, en este último mes de la temporada del cambio, que me alegro mucho de haber estado hablando de otras cosas además del cine, y que la ópera va a seguir.
En 1867 la Expo de París encarga a Verdi una ópera. Compone "Don
Carlos" con libreto en francés, su ópera más larga, unas cuatro horas de
música, pero la estrena mutilada porque el teatro estima que es
demasiado larga y el público no va a llegar a los últimos cercanías. Y
adelantar la hora del inicio pues tampoco, que la hora de cenar es
sagrada.
La toca y la retoca hasta contabilizarse ocho
versiones, siendo la de su estreno italiano en 1884 en Milán, la más
canónica y representada de todas.
En el año 2004 la
Ópera de Viena, con el material existente reconstruye lo que pudo ser
ese primer "Don Carlos" que no se estrenó nunca.
Un
esfuerzo titánico para mostrar una obra modernísima, intensa, compleja,
que empieza como empezaría después el musical "Camelot", pero con un
fabuloso requiebro dramático que precipita la tragedia.
En
Viena le echan una tremenda ambición, a veces puede que perdidos en un
pretencioso vanguardismo absurdo (la entrada del Inquisidor por las
escaleras de la ópera o el ballet transfigurado en escena cómica pueden
ser muy discutibles), pero lo que sí entregan es la fastuosa desmesura
de un Verdi hasta cierto punto atípico pero que regala aquí una de sus
más estremecedoras y soprendentes óperas, con una Nadjia Michael como
princesa de Éboli y un Alastair Miles como Felipe II que le roban
descaradamente la función al infante Carlos que hace Ramón Vargas y a
Isabel de Vallois de Iano Tamar.
Qué difícil es pensar ahora en escucharla en italiano.
En en verano de 1941, coincidiendo con la invasión nazi, Sergei Prokofiev empieza a escribir la música de "Guerra y paz". Resulta poco menos que imposible desvincular este hecho histórico con la obra, sabiendo además lo muy leída que fue la obra de Tolstoi en esa época por el pueblo ruso.
Muchos avatares tendría que encontrarse hasta verse representada por primera vez en versión escénica en 1946 y en 1959 por primera vez en versión completa, seis años después de la muerte del compositor (que falleció el mismo día que Stalin).
Prokofiev y su mujer Mira Mendelssohn (que no me consta que tenga parentesco con el músico) escribieron el libreto. Dividido en dos partes, "la paz" y "la guerra", es quizás superficialmente un estropicio que no sólo parece un deslavazado de "mejores momentos" de la obra sino que rompe el brillante rendimiento dramático que da alternar las dos partes. Analizado más fríamente también es cierto que cuatro horas de música no dan más que para ese refrito de "mejores momentos" (bastante bien seleccionado, por cierto), y que pensando en su versión escénica, no había mejor ni más factible opción que separar la paz de la guerra, para no volver locos a los escenógrafos, no hacerla más irrepresentable de lo que ya es y proporcionarle una fuerza netamente escénica.
"Guerra y paz", además de una magistral partitura de Prokofiev, no sería justo obviarlo, puede que sea una desastrosa traslación del inmortal armazón de Tolstoi, pero es quizás la mejor y más inteligente versión teatral posible, puesta más al servicio de su músico que de su escritor. Cuatro horas de flujo sonoro de lo privado a lo público, del destino individual al colectivo. Qué ruso se siente uno al final, qué irremediable arrebato de melómano nacionalismo.
Vista en un montaje del teatro Kirov de 1991, con un montón de teatros metidos en la producción, como pasa con esta obra muchas veces.
Sería tentador decir que Wagner tuvo que acabar por todo lo alto lo que ya llevaba ese camino. Pero no fue exactamente así. Esta última ópera de la tetralogía fue la primera en ser concebida y poco a poco Wagner tuvo la necesidad de explicar qué había pasado antes. Lo que se acabó convirtiendo en una tetralogía lineal.
Más cercana a la multiplicidad y sobre todo lo abundancia de personajes en escena de "El oro del Rhin", menos apegada a ese núcleo duro central que conforman walkiria y sigfried (a la vez tan distintas entre sí), tiene hasta la intervención de un coro, la única en aproximádamente 15 apasionantes horas de narración y música, a las que volveré cuando pueda ver por lo menos tristán, holandés, parsifal, lohengrin y tanhauser (maestros cantores ya la he visto).
La próxima vez la revisitaré en cuatro jornadas consecutivas, como se hace en Bayeruth y a ser posible en la misma versión. La podría revisitar de tantas maneras...
Yo creo que nunca he disfrutado ninguna obra artística como el "Cosí fan tutte" representado en el año 2006 en el festival de Glyndebourne. Prodigioso antecedente de la mejor comedia cinematográfica del siglo XX
En general la producción operística de Mozart, que abarca 21 piezas es muy especialmente recordad por su trilogía con el genial libretista Lorenzo Da Ponte. "Cosí" me impresiona especialmente, "Don Giovanni" es de otra dimensión que escapa a cualquier comentario terrenal, y "Las bodas de Fígaro", aún siendo musicalmente sobrenatural sí que es verdad que tiene un libreto que no me parece que tenga ni de lejos la gracia natural de "Cosí fan tutte" y realmente llegaría a decir que me aburre un poco.
Tampoco soy muy sensible a "La flauta mágica", narrativamente hablando, aunque como dije por aquí Bergman hizo con ella una deliciosa película de aventuras.
"El rapto en el Serrallo"es de 1782, cuatro años anterior a la llegada de Da Ponte con Figaro. Prefigura bastante bien algunas líneas de comedia de "Cosí fan tutte". Es una ópera ligera, emocionanente y musicalmente fuera de todo comentario. Sí que me sorprende que el acto III está destinado a una resolución previsible y rutinaria y el tema de la infidelidad que se apunta es completamente despreciado, aunque se recuperará y se afilará en "Cosí fan tute".
Lo mejor es el personaje del Bajá Selim. De sentimientos contradictorios pero magnánimos y emocionalmente muy inteligentes. No sólo musicalmente, la obra iba siglos por delante en otros aspectos también.
La tentación de encontrar rasgos autorales en los directores escénicos puede llevar a decir cosas como aquella que soltó una redactora del telediario en la que apreciaba una tremenda coincidencia en el "Cosí fan tutte" de Michael Haneke y su película "Amour":ambas tratan del amor.
Viendo este montaje con dirección de Woody Allen uno está por caer en la tentación ya que casi parece una película del maestro. Los familiares de un finado recurren a los servicios de una especie de gángster (por la vestimenta elegida por el montaje) para que les ayude a cobrar una herencia.
El montaje se ve con agrado, tiene un ritmo encantador y es divertido, aunque muchas de sus virtudes están en su raíz. Una hora de ópera que pasa veloz y agraciada. Y un buen ejercicio de práctica de la comedia para Allen, a veces tan ensimismado consigo mismo y sus explicaciones existenciales.
El gran rival al que tiene que enfrentarse "Siegfried" es que continúa uno de los títulos más hermosos de la historia de la música. Imposible olvidar ese sábado de Navidad en el que vi "La walkiria", empezando a las doce, como se empieza en el Metropolitan y acabando sobre las cinco de la tarde. Simplemente lo dejo escrito.
"Siegfried" tampoco es esa orgía de sexo y poder que es "El oro del Rhin". Es épica pura, contención, aspereza y cariz propio. Un universo homófilo sólo roto por la aparición de Erda y sobre todo Brunhilde, cuya escena final con Siegfried nos devuelve al liebe de "La walkiria" y nos precipita al tan temido como ansiado final, con título de película de Billy Wilder.
En marzo, tercera jornada de esta magna obra de este poeta y genio de la ruptura musical, que uno descubrió al tiempo que Proust y con el que asimila por significación y poder de adicción.
Hay una nueva generación de cantantes de ópera muy bien movida por la Deutsche entre otras instituciones con más o menos ánimo de lucro, que yo, sordo de profesión y de vocación, no tengo mimbres para decir que sean mejores o peores, pero que tienen mucha potencia dramática, belleza, poder mediático y un eficiente trabajo de marketing a sus espaldas. Anna Netrebko y Elina Garanca, dos puntales de los tiempos modernos, se enfrentaron en la escena de la Opera de Viena (allá donde Ethan Hunt haría después virguerías durante un Turandot) como Anna Bolena y Giovanna Seymour, a reina muerta, reina puesta. Sin olvidar la testosterónica presencia de un Ildebrando d'Arcangelo que marca un modelo diferente de Enrique VIII al marcado por Charles Laughton. Es muy aventurado decir que resultó algún tipo de metáfora sobre sus carreras, pero el momento Sul suo capo aggravi un Dio es el más explosivamente hermoso de toda la ópera, bien armada dramáticamente, como lo que conozco de Donizetti (de momento sólo el elixir), aunque musicalmente no sea este hombre, de momento, de mis favoritísimos. Estupendo montaje y muy buena ópera sea como sea.
No me ha gustado tanto como "Alcina", será porque aquella es una irresistible historia fantástico-amorosa, y ésta cuenta algo demasiado conocido sin una motivación para volver a verlo contado que me atraiga. Un poco tostón. Aunque ojo, obvio hasta decir basta, es de 1724, ninguna Cleopatra que yo haya visto en ningún medio es anterior a ésta (quizás el Shakespeare que a duras penas recuerdo), pero paradójicamente llega uno sin esa motivación para volver a la reina egipcia.
Musicalmente es de enorme categoría, claro, y pasa algo maravilloso con Händel, es que sus últimos tramos por cansado que estés tras tres horas y pico son mucho más placenteros porque tu cerebro y tu cuerpo viven y respiran completamente sus acordes, que se engrandecen y se amplifican hasta el placer más absoluto. No es una metáfora, respiras al ritmo de esa música, notas tus venas existir regidas por esa música.
El montaje de la Ópera de París del año 2011 es entrañable. Es muy gracioso que lo sitúen en los sótanos de un museo, entre cuyas reliquias siguen viviendo las viejas historias de la Antigüedad.
Y un enorme baluarte, Natalie Dessay está impresionante, y cualidades vocales al margen, tiene un desparpajo como actriz de primera. Se perdona que no veamos a Elizabeth Taylor.
Decía Leonard Bernstein en unas declaraciones recogidas en el documental de la HBO "Six by Sondheim" que a penas sólo Sondheim había aprovechado el camino que abría "West side story" para tener una historia de la ópera americana.
Y en 1994 seguía haciéndolo una y otra vez. Sobre la película "Passione d'amore" de Ettore Scola, Sondheim escribe con su sonoridad y eficacia narrativa habituales una bellísima ópera (o musical) donde resplandecen como siempre unas emociones más complejas que ambiguas.
Frases cursis y arrebatadas llenas al mismo tiempo de mordiente y autenticidad. Porque la vida es cursi y nuestras emociones más primarias y más intensas lo son. Sólo hay que saber reflejarlas con la honestidad y la limpieza de miras de un Sondheim que 25 años después de "Company" seguía reflejando a personajes tan temerosos y desnortados ante esa "cosa llamada amor".
Otra pica en Flandes de este "Bergman de la calle 42", que como otras obras suyas, tras 20-25 años escuchándolas a palo seco, gracias al youtube o a las adaptaciones cinematográficas, comienzo a ubicarlas en su contexto dramático, engrandeciéndolas más y más si cabe. Puro oro "Passion". Pura joya. Sublime reparto. Por eso ya he renunciado a los ránkings, porque algunas de las mejores películas que veo cada año ya no son tales.
El día 15, a partir de ahora, una ópera o musical.